El kiosco en la caja de zapatos - cap. 2
No recuerdo exactamente cuándo se activó el mandato, tal vez a mis 12 años. Quería ser productivo, generar dinero. Estaba seguro de que era un mandato, porque en realidad no sabía ni para qué quería el dinero; simplemente había que producir, había que ser productivo (¡y muy productivo!).
Ese fantasma, aunque hoy casi derrotado, me persiguió por varias décadas, eclipsando todas las áreas de mi vida.
Así nació mi primer negocio: un kiosco de golosinas portátil, fabricado en una caja de zapatos. Mi madre me compraba las golosinas; yo no tenía que pagarlas, aunque me hubiese gustado hacerlo. Esa “cosa de madre” de querer resolverte todo puede hacer que uno se vuelva cómodo, dependiente, incluso perezoso.
Iba a la escuela con una gran bolsa y la caja de zapatos adentro. Esperaba los recreos para vender caramelos, chupetines y confites a mis compañeros. A decir verdad, ganaba bastante dinero, lo que me entusiasmaba. Pero hoy, viéndolo en perspectiva, surge la pregunta que tantas veces me hice: ¿para qué hacía lo que hacía?
Esa pregunta me acompañó en silencio durante años, aparecía siempre tarde, cuando ya estaba embarcado en proyectos y compromisos que, de haber ido más despacio, quizás no habría tomado.
Hoy entiendo que detrás de esa prisa por producir había miedo: miedo a no valer lo suficiente, miedo a no ser aceptado si no demostraba resultados. Y aunque he aprendido a soltar gran parte de ese mandato, todavía me descubro corriendo detrás de metas que no siempre son mías.
¿Alguna vez tuviste la sensación de no saber realmente para qué hacés lo que hacés, o por qué lo hacés?
Sigo escribiendo, sigo aprendiendo.
Ese fantasma, aunque hoy casi derrotado, me persiguió por varias décadas, eclipsando todas las áreas de mi vida.
Así nació mi primer negocio: un kiosco de golosinas portátil, fabricado en una caja de zapatos. Mi madre me compraba las golosinas; yo no tenía que pagarlas, aunque me hubiese gustado hacerlo. Esa “cosa de madre” de querer resolverte todo puede hacer que uno se vuelva cómodo, dependiente, incluso perezoso.
Iba a la escuela con una gran bolsa y la caja de zapatos adentro. Esperaba los recreos para vender caramelos, chupetines y confites a mis compañeros. A decir verdad, ganaba bastante dinero, lo que me entusiasmaba. Pero hoy, viéndolo en perspectiva, surge la pregunta que tantas veces me hice: ¿para qué hacía lo que hacía?
Esa pregunta me acompañó en silencio durante años, aparecía siempre tarde, cuando ya estaba embarcado en proyectos y compromisos que, de haber ido más despacio, quizás no habría tomado.
Hoy entiendo que detrás de esa prisa por producir había miedo: miedo a no valer lo suficiente, miedo a no ser aceptado si no demostraba resultados. Y aunque he aprendido a soltar gran parte de ese mandato, todavía me descubro corriendo detrás de metas que no siempre son mías.
¿Alguna vez tuviste la sensación de no saber realmente para qué hacés lo que hacés, o por qué lo hacés?
Sigo escribiendo, sigo aprendiendo.

Comentarios
Publicar un comentario