La mancha verde en el agua - Cap. 5
No fue la primera experiencia, pero sí la más evidente, la que despertó en mí la necesidad de comprender el mundo espiritual con la misma seriedad con la que uno estudia la ciencia.
Lo recuerdo con lujo de detalles. Tenía ocho años y apenas alcanzaba a hacer pie en la parte más profunda de la pileta, que no superaba el metro de profundidad. El sol brillaba, el aire aún no era caluroso, pero decidimos refrescarnos y jugar un rato.
De repente, mi hermano señaló una esquina: flotaba allí, a media altura, lo que él llamó “una mancha verde”. Yo no veía nada. Pensé que quería asustarme, como tantas veces hacía. Nosotros estábamos en la esquina opuesta, dentro del agua. Él salió trepando por el borde y caminó alrededor hasta llegar al lugar. Yo, todavía incrédulo, me acerqué también.
Fue entonces cuando lo sentí. Una mano, con textura acuosa, me tomó del tobillo izquierdo y me jaló hacia adentro. Reconozco que es fácil distinguir texturas al tacto, y aquella era inconfundible. Según mi hermano, yo intentaba gritar, pero de mi boca no salía sonido alguno.
La pileta era pequeña, y con el pie libre logré impulsarme hacia la escalera. En el movimiento patiné sobre un celuloide plástico, de esos que se usan para presentar muñequitos en las jugueterías. Esa patinada me dio más envión y alcancé la baranda metálica. Con todas mis fuerzas me aferré, y la mancha cedió. Así conseguí salir.
Para nosotros no era extraño ver energías, incluso alguna que otra alma dando vueltas. Pero que me agarraran físicamente, a plena luz del día, llevó nuestras experiencias paranormales a otro nivel.
El mundo espiritual, energético, mental —o el nombre que se le quiera dar— puede conocerse con técnica, con ciencia, sin perder por ello su misterio ni su potencia.
Ese día entendí que lo invisible también puede tocarte. Que lo espiritual no es solo un rumor de sombras, sino una presencia capaz de irrumpir en lo cotidiano. Y desde entonces, cada experiencia extraña me recuerda que hay dimensiones de la vida que aún esperan ser comprendidas.
¿Has vivido un momento en el que la realidad se volvió más fantástica que la ficción?

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