La salida del túnel
Hace tiempo sentía que estaba dentro de un túnel. Perdido, desorientado. No veía la salida ni la entrada. Es más, había pasado tanto tiempo ahí adentro que ya no sabía ni hacia dónde me dirigía.
Lo que sí tenía claro era que, si me quedaba sentado, quieto, el túnel no iba a desaparecer por sí solo. Tenía que empezar a caminar.
Pero, para que la metáfora sea más clara, ese caminar significaba entender qué me quería decir ese túnel, qué representaba en mi vida, qué preocupación hacía que existiera. Y sí, es así de simple: escribí estas mismas preguntas en un papel y empecé a responderlas. Releía las preguntas y las respuestas una y otra vez durante varios días. A veces agregaba algún detalle más. Hasta que llegué a la conclusión de que ese túnel tenía que ver con mi gran preocupación por la productividad, por generar dinero, por ganarme la vida.
Por cierto, sobre este tema tengo algunas notas escritas, como “El kiosco en la caja de zapatos”. Sí, el fantasma de la productividad me persigue desde muy chico.
La buena noticia es que un día vi la luz al final del túnel. Y pude salir.
Creo que no es necesario aclararlo, pero lo voy a hacer igual: la productividad dejó de ser un problema para mí. Ya no me pesa. Y en las líneas siguientes les voy a compartir cómo logré desvanecer ese túnel.
Lo primero fue definirlo. Ya había quedado claro: el problema era “ser productivo”. Pero necesitaba más información, así que bajé al papel la siguiente pregunta:
¿Qué significa ser productivo para mí?
Y encontré mucha información interesante. Entendí que, por algún motivo que todavía no era del todo claro —aunque al final tampoco era tan importante descubrirlo—, tenía la convicción de que debía generar mi propio dinero para mantener mi estilo de vida.
Exactamente esa era la frase sentenciadora.
El túnel comenzaba a tomar forma.
Y repito: llegué hasta acá razonando, pensando y escribiendo en papel lo que sentía.
Entonces anoté la siguiente pregunta:
¿Por qué tengo que generar el dinero para mantener mi estilo de vida?
Y una vez más escribí todas las respuestas que se me venían a la mente.
Pero acá pasó algo interesante.
Muchas respuestas no tenían una base sólida ni un fundamento claro. Parecían más bien caprichosas: porque sí, porque así lo quiero, porque es más fácil pensar así, porque es lo que conozco. Al leer mis propias respuestas, me di cuenta de que se trataba más de un capricho que de una necesidad.
Porque incluso económicamente, aunque nunca me sobró el dinero, tampoco me faltó. No era una cuestión de supervivencia ni una necesidad real.
Entonces, ¿por qué seguía latiendo tan fuerte ese pensamiento? La respuesta: porque sentía vergüenza.
Sentía una presión social —autoimpuesta— que me decía que debía ser alguien, que debía tener una ocupación clara.
Cuando estaba en cualquier espacio social y me preguntaban:
—¿Y vos a qué te dedicás?
Ah... esa pregunta.
Una pregunta que siempre esquivaba con cierta habilidad, pero que en realidad detonaba todos esos condicionamientos.
Me hacía sentir una basura.
Porque no tenía la seguridad para decir:
“Me dedico a disfrutar mi vida. Soy independiente, autodidacta, emprendedor. Un buscador que sabe aprovechar las oportunidades”.
Porque sí, sé aprovecharlas.
Pero no podía vivir en paz porque tenía la convicción de que eso no era suficientemente valioso desde el punto de vista social como para sostenerlo con firmeza.
Y me avergonzaba de mí mismo.
Así seguí escribiendo en papeles, tomando notas a mano, hasta llegar a la conclusión de todo este mecanismo.
Palabras claras comenzaron a aparecer. Palabras como “vergüenza”.
Y entendí que, en realidad, no tenía que agradar a nadie.
No tenía la necesidad de generar de forma directa todo el dinero que necesitaba para vivir.
Y si no tenía esa necesidad, ¿de qué servía mantener semejante presión mental?
De nada.
Pero aceptar eso me llevó tiempo.
Leer y releer mis apuntes. Agregar notas. Seguir reflexionando.
Realmente no tenía la necesidad de trabajar en relación de dependencia. No tenía la necesidad de tener horarios fijos.
Y ojo: repito que no es que me sobre el dinero. Hay muchas cosas que no puedo hacer.
Pero me daba bronca, porque pensaba:
“Si teniendo estas oportunidades no puedo generar un extra para tener más y más... qué desperdicio”.
Claro. Ahí había otro mandato escondido.
La verdad es que desde hace muchos años vengo simplificando mi vida. Conservando solamente las cosas que uso, las que puedo tener y las que realmente me gustan.
Aprendiendo a no acumular.
A no quedar atado a objetos materiales o compromisos que terminan drenando más energía de la que aportan.
Aprendí a conformarme con lo que tengo, pero desde la gratitud, lo simple, y no desde la carencia.
Me ayuda escribir preguntas como:
¿Esto realmente lo quiero?
¿Lo necesito?
¿Para qué?
Y me di cuenta de cuántas cosas no necesitaba.
Y así aparecieron por primera vez, desde que era un niño, las cosas que realmente me gustaban hacer.
Y dije:
Sí.
Esto es lo que quiero.
Esto es lo que me gusta.
Pude verlo porque ya no tenía la presión de que todo debía ser productivo, generar dinero y demostrarle a los demás que yo era alguien que hacía algo concreto.
Porque la verdad es que me gusta el arte.
Me gusta crear.
Me considero bueno en eso.
Y cada vez que estoy creando algo —en distintos rubros y con diferentes materiales— el tiempo se detiene. Deja de existir. Las horas pueden pasar y no pierdo ni una gota de energía. Al contrario. Me llena.
Pero nuevamente apareció un bloqueo.
Cuando creí que estaba por salir del túnel, surgió una nueva preocupación.
Ya no tenía la presión de generar dinero.
Ya no tenía la necesidad de agradar a los demás.
Entonces...
¿Qué me preocupaba ahora?
Encontrarle sentido a lo que hacía.
Y así pasé varios meses con la sensación de que nada tenía sentido.
Porque sí, me gustaba crear.
Pero quería que esas creaciones tuvieran un propósito.
Que fueran para alguien.
Que no murieran apenas terminadas.
Cuando mis hijos eran chicos, les fabricaba los juguetes que querían.
Era hermoso.
En sus cumpleaños hacíamos piñatas con las formas que me pedían.
Pero un día crecieron.
Y aunque seguimos teniendo una relación hermosa y continúo haciendo muchas cosas para ellos, esa parte artística y creativa fue quedando a un lado.
Y empecé a perder el sentido.
Lo primero que pensé fue:
“Bueno, fabrico las mismas cosas y las dono. Las regalo. Seguro que a alguien le van a gustar”.
Y no dudo de que así sería.
Pero eso no me llenaba.
Me sentía desmotivado.
Nuevamente dentro del túnel.
Entonces volví a sacar mis apuntes y a escribir.
¿Qué me pasa?
¿Qué me quiere decir esta sensación?
¿Qué significa tener un propósito?
¿Es algo fijo para toda la vida?
¿O puede cambiar?
Me costó encontrar claridad.
Pero, al igual que las veces anteriores, confiaba en el proceso.
Me tomó varios días.
Preguntas. Respuestas. Más notas.
Y finalmente, como siempre, apareció la claridad.
Y lo más interesante fue que me fui amigando con el túnel.
Primero porque ya había recorrido varios.
Y segundo porque acepté que los túneles forman parte de la vida.
Que estar dentro de uno puede vivirse como un tiempo de introspección.
Menos excitación.
Menos euforia.
Pero también más calma.
Más paz.
Valorando las cosas hermosas que tiene la vida y que muchas veces me perdía por estar obsesionado con encontrar la salida.
Entonces lo vi.
La respuesta llegó.
Y entendí que mis creaciones son para mí.
Ya no necesitaba un destinatario externo.
Ni una musa inspiradora.
Creo cosas, porque lo que estoy haciendo es algo que me gustaría que existiera en el mundo.
Algo que yo mismo consumiría.
Algo que yo mismo disfrutaría.
Soy mi propio cliente.
Y no estoy hablando de vender nada.
Todo lo contrario.
Porque puedo crear algo, ponerlo a disposición del mundo de forma gratuita y ofrecer, si alguien quiere, la posibilidad de colaborar o donar.
Todavía no lo viví personalmente, pero conozco casos de personas que reciben muchísimo apoyo de esa manera.
Y uno puede sorprenderse.
La diferencia es que el orden de prioridades cambió.
Ahora creo algo porque quiero que exista.
Porque quiero usarlo.
Porque quiero compartirlo.
Porque quiero recibir devoluciones y aprender.
Y sí, si además alguien dona por eso... bueno sería el complemento perfecto.
Y este fue todo el proceso.
Paso a paso.
Lo que me tomó varios años fue hacer el primer gran quiebre. Después, todo lo demás ocurrió en cuestión de meses.
Estas notas las estoy escribiendo a las cinco de la mañana.
No podía dormir mientras pensaba en ellas.
Así que me levanté y dejé que las palabras fluyeran.
Las escribo con mucho amor.
Ojalá sean una inspiración para mis hijos.
Ojalá nunca las necesiten.
Y ojalá también puedan inspirar a otras personas.
Elías
Junio de 2026
PD: Si hoy alguien me preguntara cómo salir de un túnel, probablemente se decepcionaría con mi respuesta.
Porque no encontré ninguna técnica mágica.
No hubo un libro revelador ni una frase transformadora.
Hubo papel.
Hubo preguntas.
Hubo honestidad para escribir respuestas incómodas.
Y hubo paciencia para releerlas una y otra vez hasta que apareció la claridad.

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